Revista Argentina de Humanidades y Ciencias Sociales
ISSN 1669-1555
Volumen 14, nº 2 (2016)

Horadar el cuerpo: diálogos sobre escritura, imágenes y recorridos académicos precarios

por
María Laura Gutiérrez

CONICET- IIGG – UBA - Micropolíticas de la desobediencia sexual - IPEAL – UNLP

mlgutierrezpica@gmail.com
 
 

Resumen

El texto indaga desde la experiencia vital, un recorrido académico y activista que recorre los saberes institucionales y el activismo lésbico, sus desbordes, la búsqueda de enunciaciones para re-pensarse y encarnarse en la reflexión de éste (mi) cuerpo lésbico, como investigadora, docente y estudiante lesbiana feminista. La experiencia no como un mero anecdotario de situaciones sino como plataformas de pensar los modos de poner el cuerpo. Allí donde la escritura, la reflexión crítica y el análisis de las imágenes devuelven preguntas en la intensidad de la escucha. El escrito se piensa como dispositivo (auto)reflexivo y dialógico con otras que comparten las mismas preguntas, aunque no los mismos recorridos, las imágenes que resuenan, las historias compartidas que se agitan a las sombras y los márgenes del saber más institucionalizado de la programación académica. Aquí no hay una instancia como transparencia de enunciación de un yo que se autoafirma en el anecdotario de su experiencia, sino una recuperación de un cuerpo vivo, atravesado por sus contradicciones y sus resonancias y construcciones colectivas, sus luchas, sus búsquedas, sus desilusiones que, siempre, son colectivas. ¿Cómo recuperar un cuerpo en la academia? ¿Cuáles son sus límites de enunciación precaria, sus ilusiones de trasformación teórica y política como cuerpo lésbico? Son algunas de las preguntas que atravesaron, y atraviesan, esta escritura.

Palabras clave
Cuerpo lésbico, experiencias encarnadas, arte y educación.
 
 

Abstract

This text investigates from the vital experience, an academic and activist route that crosses the institutional knowledge and the lesbian activism, their overflows, the search for enunciations to re-think and incarnate in the reflection of this (my) lesbian body, as a researcher, teacher and lesbian feminist student. The experience not as a mere anecdotary of situations but as platforms to think the ways of putting the body. Where writing, critical reflection and analysis of images return questions in the intensity of listening. The writing is thought as a (self) reflexive and dialogical device with others who share the same questions, although not the same journeys, the images that resonate, the shared stories that are shaken to the shadows and the margins of the more institutionalized knowledge of academic programming. Here there is no instance as transparency of enunciation of a self that affirms itself in the anecdote of its experience, but a recovery of a living body, pierced by its contradictions and its resonances and collective constructions, its struggles, its searches, its disappointments that are always collective. How to recover a body in the academy? What are its limits of precarious enunciation, its illusions of theoretical and political transformation as a lesbian body? These are some of the questions that went through, and crossed, this writing.

Keywords
Lesbian body, embodied experiences, art and education.
 
Para citar este artículo: Rev. Arg. Hum. Cienc. Soc. 2016; 14(1). Disponible en internet:
http://www.sai.com.ar/metodologia/rahycs/rahycs_v14_n2_02.htm
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Despojémonos de todo cuanto
nos conformó a imagen y semejanza
nuestra
Susana Thenon

 

Remover la quietud (de la academia) en la escritura

La idea de materiales de trabajo que surge como disparador inicial de este diálogo lésbico, vital, de escritura y trama colectiva a varias manos, podría resumirse, para mí, en un remover(me) la quietud: escarbar agitando el silencio, lo conocido, lo cómodo del saber, en este caso, institucionalizado.

Imaginar que estos trazos, antes que como materiales objetos dispuestos para su circulación—, son plataformas del pensar,  escenarios para compartir los modos en que la escritura acompaña, tensa, torsiona el camino académico. Los modos en que podemos construirnos en y con otras en este recorrido, acompañando sobre todo dudas, certezas precarias, afirmaciones forjadas por lo bajo contra las normas vigentes que sistematizan la producción de conocimiento: transparencia, legibilidad y comunicabilidad.

Activar nuestros escritos para que puedan ser compartidos. Desactivar el mito de la palabra precisa y agitar aquello que siempre se conforma como bruma, antes que certezas preconcebidas, como recorridos vitales espinosos antes que transitables, como apertura al diálogo, como posibilidad de pensamiento-acción antes que como trasmisión de información clara y distinta.

En este sentido no puedo sino pensar y escribir como parte de mi trabajo de formación y enseñanza académica. Como feminista, lesbiana que estudia los cruces entre el arte, la política y los feminismos. Como alumna, ayudante, becaria, docente e investigadora, como cuerpo que lleva en sí más del 80% de su existencia en los pasillos de la formación educativa.
Entonces reconocerme en-desde la escritura resulta, a veces un arduo y lento trabajo placentero y, otras, en la mayoría de los casos, un debate insistente conmigo misma. Una puesta en voz y cuerpo de conocimientos y saber situados y encarnados que, a la par que nos los apropiamos, nos expropian de nuestro organismo conocido. Remover la quietud de lo ya aprendido como modo de re-escribir los tonos en que vibra el cuerpo presente, individual y colectivo. Reescribir las metodologías con que trabajamos para abrir preguntas, muchas veces sin respuesta. Escribir desde el escepticismo y la curiosidad, decía Miguel Ángel Hernández Navarro, y aquí estamos, abriendo esas líneas de fuga.

La escritura y también las imágenes son entonces no sólo una constelación de trabajo académico de investigación y docencia, sino una manera de acercarme a la vida, de trazar teorías y cuerpos para que se entrelacen, se rocen, se susurren para decirme algo que muchas veces no pude/puedo escucharme. Tonos que me  ayuden a modificar, infectar, trastocar, producir, otra manera de escribir, es decir de trabajar, es decir, de vivir. No tengo otra manera de hacer política del pensamiento sino con la escritura, si no es con la puesta en cuerpo de esas imágenes, de esos modos del saber.

Proponés este juego de escritura como diálogo colectivo, a cada una de sus preguntas de abordaje le llamás zonas de colores. Las hay verdes, rojas, naranjas, negras. Cada una con sus matices, nuestros matices. ¿Será que vemos colores al escribir? ¿Qué pasa cuando alguien ve diferente? ¿Qué pasa cuando no vemos? Los mismos interrogantes podríamos formular para la escucha, sin embargo creo que podríamos metaforizar a contrapelo de esta época que todo lo ve, que todo lo descubre y construye para ser visto (aun nuestros más íntimos deseos).

Sentir y escucharme(nos) me resulta más movilizador que representarnos —traernos a la imaginación. Dejar de contemplarnos, escuchar el cuerpo de las otras, la vida, el deseo, tiene otro tempo y otro ritmo. Que, aun imperceptible, siempre teje rumores debajo de la piedra.


Escenarios vitales I. (Tras)pasos por la academia

Entonces, la pregunta inicial es ¿qué hace un cuerpo en “La Academia”? y aquí La Academia es un significado imaginario que se forma rápidamente y que da por sentado aquello que imaginamos negativamente como los enunciados más o menos conocidos, más o menos generalizados en el sentido común: abstracción, isla, conveniencia, individualidad, soberbia, lobby, etc., etc., y tantos etcéteras sobre lo que hacemos que sería una lista interminable de adjetivos y adjetivaciones.

Comparto, y comprendo, parte de ese imaginario que se construye y conforma alrededor de ese signo: academia.

Sin embargo, en un primer momento, la academia no fue para este cuerpo aquello que tanto criticamos sobre sus procesos de universalización, abstracción, utilización y mercantilización de nuestros cuerpos y saberes.

El transitar académico en una ciudad del Litoral fue, en mi caso, una primera comprensión: se podía transformar la vida. Un insistente rumiar para buscar las maneras de hacer algo con aquello que la historia había hecho de mí (una paráfrasis clave que atravesó toda mi formación académica: el cuerpo horadado por un rayo que evitó las victimizaciones comunes, las melancolías innecesarias). Claro que si la frase sartreana se hacía eco, las preguntas no demoraron en llegar y trasformar el cielo estrellado del Litoral en el caos de preguntas y meteoritos directo a las certezas (teóricas). Pero también corporales y del deseo, es decir, el núcleo de la vida, de la política.

Decía Susana Thénon en uno de sus poemas: creer que entendí lo que hay que creer para saber y creer que estoy en la India porque creo saber  lo que hay que creer creer que sigo en la India para profundizar este saber sin permitirme creer que me ilusiona.

El runrún de la repetición “creo lo que creo que creo que hay que saber” fue mi lema durante años, a lo largo de una formación académica que me impulsaba a creer(me) que había algo de lo que tenía que dar cuenta, no importaban los modos en que eso se hiciera eco en mi experiencia, si eso era parte de mí o mi cuerpo, sino el saber que había que saber.

Años creyendo que sabía
el cuerpo gritando por lo bajo, un rumor inaudible que tenía más que ver con el deseo que con esas letras de conocimiento que tan bien pretendía que sabía.

Entonces, la pregunta en la escritura es aquella que atraviesa el cuerpo, una y otra vez, ¿qué, cómo y para qué escribir en/desde la academia?

Y esto no es parte de un ejercicio clásico sobre cómo escribir las preguntas importantes que nos enseñaron que hay que responder para “hablar de algo”. Mi formación en el lenguaje, en la comunicación, forjó una doble capa en las palabras que siempre eran otra cosa. Imposibilidad de enunciación: todo aquello que debíamos saber, todo aquello que creíamos saber, se trasformó en borroso, nada era transparente. Esa nebulosa también fue una parálisis.

Decirse, decirme, entre la humedad del río, de las provincias, esas que duermen siestas y hacen silencio y hablan por lo bajo y murmuran y averiguan y silencian y coercionan. Esas donde la vida se hace, a veces irrespirable, pero donde tan bien nos acostumbramos porque para qué, sino qué, sino dónde, sino cómo, sino, silencio, sino
silencio
silencio
pero el cuerpo
pero el cuerpo
los saberes sobre el cuerpo
yo que sé
lo que debería ser
y saber
y sentir
y ustedes y saber
pero el cuerpo
cuerpo
el cuerpo
detrás del saber
el cuerpo en el deseo
shhhh…

 

Escenas Vitales II. Fugarse del desierto. Los feminismos como vibración utópica

 

Fugitivas porque nuestros itinerarios son inciertos,
y a la vez situados
Fugitivas del desierto

 

La fuga del desierto donde encontrarse con otras no vino de otro lado que del feminismo: el feminismo me reinventó la vida, la transformó como ese martillo nietzscheano, como esa fugitiva wittigiana. Un fugarse incierto pero situado, como decían las FD. Preguntas siempre en descomposición de una misma y de las respuestas que sosteníamos.

Si bien la ciudad donde me crié funciona de manera diferente a ese imaginario desértico del sur que habitaron las fugitivas, la humedad, el tiempo que no circula, que condensa y atrapa en el barro la desidia del día a día; ese pantano que no deja huir, mientras se te atraganta la serialización de la existencia bajo los influjos de lo que debe ser. De aquello que no lográs asir en tu piel y se te escapa a cada minuto, una vida que no te pertenece, un cuerpo que no desea, un silencio que se te atraganta.
La fuga es más bien un pasaje, muchos pasajes, de esta lesbiana, mujer, feminista que soy y aquella chonguita de lugares comunes que pudo desmarcar algunos adoquines del camino: la que se escondía y no quería jugar, la que trepaba, la que corría, la que le debe gran parte de juegos de infancia al hermano varón, la adolescencia olvidada en un cuerpo bajo la disciplina, la posibilidad de huir para escucharse a una misma mientras nos creíamos fuertes, nadando a contracorriente. La búsqueda cómplice con otras, con otros, la construcción desde el silencio.

Soy este oxímoron que, contra Wittig, aún se reconoce mujer, a destiempo, a desechos, mientras se construye otra, se espeja (en) muchas.
 

Escenarios vitales III. Cuerpos de(en) la academia

 

Hay que tener una invención ética, política, estética, de la vida cotidiana.
 inventemos, inventemos más
G. Didi-Huberman

 

Mientras trazo estas líneas, se está llevando adelante a nivel nacional un reclamo colectivo contra el ajuste en los presupuestos destinados a ciencia y técnica, es decir en gran parte al CONICET, organismo que financia, por ejemplo, mi propia beca de estudio, y la de la gran cantidad de estudiantes de posgrado que conozco. Allí, much*s colegas reclaman mejores condiciones salariales y de presupuesto colectivo, mientras enuncian sus objetos de estudio y trabajo. Hasta aquí nada que objetar.

Guardapolvos blancos, laboratorios y análisis de diferentes objetos “útiles” para la vida, el cuidado y el futuro colectivo. En este imaginario no vimos much*s académic*s de las ciencias sociales o humanas levantando ese cartel. Quizá por prejuicio colectivo que me atrevo a enunciar cómo: ¿Hacemos algo que salve [a la] gente?, ¿útil?, cuál sería ese saber realmente útil?
Preguntas que, claramente y a pesar de que inventamos estrategias para su desmantelamiento, funcionan como interrogante colectivo, social y como paraguas de (auto)defensa.

Somos menos que nada, menos que algo, menos que todo.

Dispare y justifiquémonos.

Entonces la pregunta se basa en recuperar los conocimientos situados y encarnados: ¿Qué podemos decir sobre este presente que habitamos? ¿Qué pudimos y qué trasformamos en este decir y hacer? ¿Para qué y cómo hablar de las imágenes en este contexto? ¿Cómo y qué trasmiten nuestros objetos de estudio?

No sé si alguna vez pensé, o al menos no hasta hace muy poco, que mi pensamiento, mi escritura, mi recorrido vital era/es disidente. No se sí podría llamarlo así tampoco. No sólo porque quiero ahuyentar la arrogancia sobre mi propio recorrido en el saber sino porque, además, la imposibilidad del reconocimiento propio, justamente impropio, hizo el camino más espinoso.

Si la escritura hace referencia a la encarnación de las experiencias y a la convicción de que el conocimiento se produce, siempre, generizado, racializado, en condiciones de posibilidades económicas particulares, en geografías particulares, que permiten o no circulaciones específicas, ampliadas o reducidas, de ese conocimiento que se(nos) produce(imos), ¿cómo escuchar su rumor colectivo?

No somos sólo una geografía y una voz individual que produce conocimiento desde su experiencia situada. Sino experiencias que se encarnan, que nos hacen vivir y morir, en nuestras historias, aquellas que vivimos, que contamos, que asumimos como búsquedas propias en y a través de experiencias colectivas que nos precedieron y nos exceden. Por ahí se asoma, para mí, el conocimiento situado
escuchar(nos)
reconocer(nos)
callar(nos)
escribir(nos)
construir(nos)

 

Escenarios vitales IV. Decirse lesbiana en la academia

 

Hay que evitar las formas de autoengaño: ésa es mi posición política.
Lucrecia Martel

 

Este recorrido que venimos balbuceando tampoco ha sido tan trasparente. ¿Qué encarnábamos cuando hablábamos por otros y en otr*s? Entonces, la pregunta es ¿cómo se escribe una historia de un cuerpo y su deseo en la academia? A veces indeleble, otras, inaudible.

Como podría no escribirse desde el cuerpo (im)propio a pesar de la desarticulación que sostenemos como “académicxs”.

Cuerpos y experiencias abstractas y universales, cuerpo que no es nuestro, que ni siquiera está llamado a ingresar como experiencia posible del saber. Hacer carne la presunción de un cuerpo que no puede enunciarse por fuera de quien lo porta, cala, también, la academia.

Insistir para dislocar(me), insistir como modos de agrietarse a una misma en ese lenguaje que parece siempre sin marcas, sin deseos, sin cuerpo. Escribir para escuchar(me) el cuerpo.

Escribir bajos los miedos de las singularidades. Escribir lesbiana como aprendizaje de autoescucha, de lectura de una misma.

Hay acaso alguna otra manera (¿de escribir?)

Ahora bien, ¿cómo evitar que este reconocimiento de los atravesamientos que nos inducen a escribir e investigar no se vuelva una máxima personalista, individual, de lucha de egos para saber quién encarna mejor esa diferencia y esa experiencia situada? El riesgo de la individualidad liberal, a veces reclamada como universal, pero a veces reclamada como “experiencia”, por tanto real, singular y válida per se, siempre nos acecha.

Zigzaguear estas universalidades abstractas así como su contraparte del punto que se reclama para sí, es un desafío constante en la escritura, en la lectura de las imágenes, así como en la puesta en voz de la experiencia y el cuerpo, ese cuerpo colectivo. Escribir desde la experiencia y el cuerpo situado no es la singularidad puesta a hablar por una sino buscar en esa experiencia los trazos de aquello que nos constituyó, aquello que creemos que puede ser posible de pensarse colectivamente. Aquello que habita el presente o habitó el pasado y hace des-tiempo en nuestra lectura.

Entonces, cuando pensamos y decimos que hablamos de la escritura como ese movimiento vital, que rasguña lo aprendido, que se deslizan más allá de nuestros límites seguros, que nos transportan hacia otros mundos posibles, nos referimos a la escritura como búsqueda. Una búsqueda que tiene más que ver con el trabajo artesanal de pieza sobre pieza que con la supuesta naturalidad de su fluir paper.

Cuando pienso en un recorrido propio a través de la escritura suele sucederme que algunas veces no puedo reconocerme en aquello que escribí hace unos años. Y cuando digo reconocerme no me refiero a sentir dificultades en compartir teórica o académicamente esas palabras sino no reconocer ese pulso, el deseo que la movilizó, la búsqueda que atravesaba. ¿Qué Laura estaba escribiendo esas letras donde no puede sentirse, bajo que abstractos quedó la pulsión erótica de vida?
El enojo como primera sensación frente al texto, nuestra frialdad expresada en objetividad, más serias, más inteligentes, menos deseantes, menos nosotras. Cuerpos puestos al servicio de una transparencia del decir y del hacer. Transparencia que además pretende falsamente dar cuenta de quienes somos: ésta, de una vez y sin fisuras. Un cuerpo de pequeños hilos de desgarros, un cuerpo con pequeños lapsos de memoria. 

Hacer de esa impersonal académica,   algo que vibre en la escritura.

Leer a otras y pensarme, leerme en otras y buscarme, que otras me leyeran y buscar en esos ojos algún eco donde habitarnos. Reverberación que se fue haciendo imprescindible como práctica política de la amistad: amigas que acompañaran el pensamiento, la búsqueda de la escritura, un remover con otras, a tientas, escapes de la soledad teórica, política, imaginativa, inventiva, vital.

La perplejidad del cuerpo sobre ese proceso de búsqueda y el asombro cuando el sentir vuelve a susurrarnos que no estuvo nunca escindido de la poesía ni de las imágenes. Contra el silencio que se apodera de la posibilidad de sí, la poesía, la literatura, la música y la imaginación inventiva se construyen como horizontes posibles. Bailar (el cuerpo), en esa numeración sigue siendo un desafío.

Así leer con otras, a través de otras manos, cuerpos, historias, memorias, personales y colectivas, búsquedas, grandes hazañas e imperceptibles actos cotidianos, a veces ni siquiera dichos. Las fugas del pensamiento como posibilidad de reinvención de una misma.

Hay en este acompañamiento un giro vital, que se aferra a la búsqueda teórica: la lectura de “grandes poetas, grandes teóricos, grandes clásicos”, fue dando paso a pequeñas voces de mujeres. Mujeres pensadoras, activistas, poetas, artistas. Mujeres. Mujeres que dejaban entreabrir ese deseo que se iba haciendo cada vez más agudo: no mujeres, lesbianas guerreras, lesbianas que decían, que escribían, que amaban, lesbianas que existían.

En una ciudad conservadora con más crucifijos que mujeres, la respiración y la existencia eran, muchas veces, el horizonte a soñar. Había un pulso vital en esas mujeres, en esas historias, en esos deseos. Escucharlas hizo, hace, que podamos construir horizontes políticos diferentes. Entonces, la pregunta es ¿si los deseos son políticos, transformar nuestros deseos programados cambia la vida? Transformarlos en nuestra lucha política diaria.

 

Escenarios vitales V. Disposición colectiva al conocimiento. Los tiempos compartidos de la escritura

Si, como dije, sentir un pulso vital en/desde la escritura fue previamente un encuentro con otras, no puedo sino no compartir la división producción/trasmisión. No sólo porque semejante división en áreas, como si de partes de una mesa de disección se tratara, funciona como eje de trasparencia de conocimiento que se presupone probable, igual para tod*s, sin matices ni pliegues que lo hagan vibrar. Sino porque esa división justifica jerarquías, económicas, de acceso y de conocimiento en la escala de la ciencia y técnica.

Decir “no”, cuando violentamente se apropian de nuestros saberes construidos al pulso vital de los modos en que vibran nuestras vidas para higienizarlos y hacerlos legibles en aquellos mismos espacios que nos expulsaron.
No, porque la disposición al/en el conocimiento es parte de una escucha atenta, construida en la supuesta y devaluada “transmisión”. Aquello desvalorizado por los altos organismos de ciencia y técnica: Trasmisión de conocimiento / construcción, justamente, colectiva del saber.

No, porque justamente fue esa trasmisión la que cambió mi horizonte de existencia. La que aspiro a producir cuando coordino un espacio, un taller, una clase.

No, porque, creo que, más bien, enmascara la potencia viva del conocimiento, su posibilidad de habilitar mundos, como si en el encuentro con otr*s no escribiéramos trazos vitales sino que recepcionáramos sin pulso aquellos que se (nos) dice.
No, cuando minimiza los aprendizajes en las calles, en y con las amigas.

Aún vibran esas pulsaciones conjuntas en las amigas, en las “maestras”, en las personas que marcaron mi recorrido vital y académico y profesional y de escritura, entre tantos otros caminos. Así entiendo “la transmisión de conocimiento”: interrogarse y construirse, como procedimiento de sí, no como una línea de ensamblaje que produce series de vida, no un bloque sobre bloque, sino grietas dispuestas a modificar sus visiones de vivir, del hacer, del contruir-se.

Interrogar los cimientos de la vida. Interrogar el conocimiento aprehendido.

Interrogarse las desventuras, el aprendizaje, los poros de la piel que nos resbalan y se agitan en un cuerpo que no pudo haber sido posible sino en/con otras.

La idea de política de la amistad es bastante conocida ya, y no dejo de activarla, repensarla, cada vez que puedo. Mi patria son mis amigas, decía Emily Dickinson, más allá del patriotismo, las amigas, ese afecto construido a base de años y años de escucha y tránsito compartido, o mejor aún, la amistad como alianza en el silencio, gravitando temores a medida que una se construye.

En esta idea se esconde la escritura como montaje que se hace cuerpo: operaciones que reúnen momentos, golpes, textos, citas ajenas y propias, frases, imágenes. Una cadena delirante de montaje que hace que la escritura se transforme en un ensamblaje precario de situaciones, de encuentros, de desventuras, de amores y desamores que se juegan en cada letra que no sólo se escribe para contarse sino que me inventa.

Y en ese recorrido hay algunas amigas que aparecen indefectiblemente, sin dudas, como la presencia viva que agita la construcción de otro tiempo y con otro cuerpo. Con otra. Exige una pausa, el salirse de sí como práctica y ejercicio constante de búsqueda política. Si las emociones y los afectos tienen potencia para construir otros mundos posibles, cuando siento que construyo en ese otro tiempo con amigas, es cuando se encarnan.

 

Bibliografía

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Sobre la autora:
Laura Gutiérrez es licenciada en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Entre Ríos y magíster en Women’s and Gender Studies por las universidades de Granada (España) y Bologna (Italia).
Actualmente concluye su beca doctoral financiada por el CONICET sobre Intervenciones estéticas y visibilidades políticas feministas en las prácticas artísticas contemporáneas de Argentina (1983-2010), que lleva adelante en el Instituto de Investigaciones Gino Germani, Facultad de Ciencias Sociales, UBA. Es integrante del Grupo de investigación Micropolíticas de las desobediencias sexuales, perteneciente al Laboratorio de Investigación y documentación en prácticas artísticas contemporáneas y modos de acción política en América Latina de la Facultad de Bellas Artes, UNLP
Su campo de interés y estudio son las prácticas artístico culturales contemporáneas en sus cruces con las teorías feministas; y la teoría política y el movimiento feminista y de la desobediencia sexual.

 
 
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