Revista Argentina de Humanidades y Ciencias Sociales
ISSN 1669-1555
Volumen 5, nº 1 (2007)

Los discursos políticos y la crisis institucional en Argentina: el cierre de campaña, el ballottage y la renuncia de Menem en 2003
por Gabriela Juliana Loustaunau

 

Ir a la introducción
 

LA COMUNICACIÓN POLÍTICA: PARTICULARIDADES DEL CAMPO Y LA CRISIS DE REPRESENTACIÓN EN ARGENTINA


“La comunicación no ha “digerido” la política, pues es más bien
la política
lo que en la actualidad se representa
en un estilo comunicacional”
[3]

 

Particularidades de la comunicación política  y objetos de estudio en Argentina

 La relación entre política y comunicación es mencionada hace ya más de 2300 años por Aristóteles en "La Política" donde señala que los zoon politikon son los únicos animales dotados de la facultad de hablar y en la "Retórica", donde la define como los modos de persuasión. Desde entonces, política y persuasión van de la mano como partes esenciales de la naturaleza humana[4]. Este planteo inicial nos permite advertir que la comunicación política no es un fenómeno nuevo; sino que se inserta en procesos históricos que se renuevan dando lugar a la constitución de otras formas comunicacionales.

La política contemporánea se caracteriza por la expansión de la esfera política y por el creciente protagonismo de la comunicación; esto es, en tanto se comienza a valorizar la democracia de masas, a través del sufragio universal y obligatorio, el reino de los medios de comunicación masiva y el de las encuestas van ganando terreno. Según Wolton (1992), esta expansión ha dado lugar a hipótesis tales como el avasallamiento de la comunicación sobre la política y su transformación en espectáculo; instalándola como el receptáculo de los males de la política moderna. Sin embargo, el autor considera que “la comunicación no sustituye a la política sino que le permite existir” (Wolton, D.: 1992; 42). La transfiguración de la política ligada a la comunicación masiva es propia de los modos contemporáneos de “hacer” política.

Desde una mirada retrospectiva, los investigadores del campo de la Comunicación Política se han interesado tanto por las comunicaciones gubernamentales hacia el electorado, como por el intercambio de discursos políticos entre políticos, en especial durante las campañas electorales.  Luego,  han extendido sus estudios a los medios de comunicación masiva en la formación de la opinión pública y a la influencia de los sondeos en  la vida política.   Hoy, en las democracias modernas, la comunicación política es  “el espacio en el que se intercambian los discursos contradictorios de los tres actores que tienen legitimidad para expresarse públicamente sobre política, y que son los políticos, los periodistas y la opinión pública a través de los sondeos” (Wolton, D.: 1992; 31).

Una particularidad de la comunicación política, señalada por Wolton, es dar lugar a  la confrontación de los discursos políticos,  de tal  manera que evita la reclusión del debate político en sí mismo. Por tal motivo, la comunicación puede entenderse como el “motor” del espacio público, ya que la comunicación política implica el intercambio y, por lo tanto, el reconocimiento del otro, es decir del adversario. Ese  intercambio de discursos tiene lugar en un proceso inestable y dinámico en el que cobran importancia lo actores detrás del discurso. (Wolton, D.: 1992; 40)

Con respecto al desarrollo del campo de investigación en Argentina, se advierte la presencia de Proyectos de Investigación consolidados[5] en los que participan reconocidos investigadores provenientes de diversas áreas de las Ciencias Sociales. A grandes rasgos -sin intento de caer en reduccionismos-  muchas de las investigaciones giran en torno al comportamiento del electorado durante una campaña focalizando en las encuestas y la opinión pública, o bien versan en el discurso y la imagen de los candidatos preconcebida por las técnicas del Marketing Político, o bien analizan la predominancia de los medios de comunicación en la vida política.  Observamos, además, que algunos de los objetos posibles de la Comunicación Política instalados en los últimos tiempos en los gabinetes académicos -o en la mirada alerta de algún cientista social- se vinculan a problemáticas ligadas a esas áreas  y puntualizan, por ejemplo, en: qué es la comunicación política; cómo aparecen los partidos políticos, el Estado y la sociedad civil en el contexto de una cultura mediática; qué lugar ocupa la opinión pública; cómo se reconfigura el espacio público; qué nuevas formas de politicidad  y comunicación aparecen; qué es la democracia en la actualidad.

La crisis de representación en Argentina 

La crisis de representación política en nuestro país es uno de los debates necesarios para poder comprender el proceso político que nos ocupa. La crisis se manifiesta de diversas maneras:  incide en los liderazgos y en los partidos políticos, se configura otro mapa político a partir de los procesos de mediatización de la política (las nuevas formas de mediación de la democracia, videopolítica y espectacularización de la política), aparecen nuevos hábitos de interacción y organización cívica y, por supuesto, otros actores de poder. También se alteran los discursos políticos durante las campañas electorales de cara a los contextos específicos en los  que emergen.

El investigador argentino Marcos Novaro (1995) realiza una suerte de historización  de la crisis de representación en Argentina y señala que el debate por la representación política  instaura el “(...) punto de partida y fundamento de las teorías modernas de la democracia” (Novaro, M.: 1995; 145).  Por lo tanto, cuando hablamos de problemas de la democracia contemporánea es imprescindible hacer referencia al tema de la representación política y a la crisis que –según el debate político actual- se ha agudizado en los últimos años. 

En la década del 90 el mundo entero –globalización mediante- asiste a cambios estructurales en el modelo político-económico inducidos por el avance de las políticas neoliberales. Es así como se complejiza el escenario en los países latinoamericanos (Paramio, 1993) y aparecen, en el ámbito político, fenómenos tales como: la consolidación de liderazgos políticos que concentran la confianza de los ciudadanos y la toma de decisiones, la crisis de los partidos de masas y la emergencia de nuevas formas de mediación.

Con respecto al fenómeno de los liderazgos en Argentina es probable que ante el agotamiento de las tradiciones políticas y la crisis de identidades partidarias propia de los 90 aparecieran figuras carismáticas relativamente autonomizadas de sus partidos y de sus tradiciones que se constituyeran en líderes políticos[6] capaces de resolver eficazmente los problemas concretos de los ciudadanos. El problema se genera cuando, a pesar de estas políticas personalistas, el cuerpo político no logra concretar un programa de democratización y consolidación partidaria e institucional que responda a las demandas de la ciudadanía. Ante esta situación, aparecen secuelas tales como la insatisfacción de los electores dada la ausencia de respuestas concretas y viables de los gobernantes. Este  proceso, según Paramio (1993) se caracteriza por la desafección y despolitización de los ciudadanos.

Por lo tanto, la consolidación de liderazgos políticos, la despolitización de los ciudadanos, el deterioro de instituciones democráticas específicas, tales como los partidos de masas, y la pérdida de legitimidad de los políticos son todos fenómenos que pueden ser comprendidos en un proceso más amplio: la “crisis de representación de lo político” (Novaro, M.: 1995) que jaquea el sistema democrático moderno. Pero -cabe la aclaración- en los ‘90 se produce un desfase entre la consolidación institucional y la crisis acontecida: las “instituciones democráticas debieron enfrentar la crisis económica y social más profunda de las últimas décadas cuando aún no se habían consolidado” (Novaro, M.: 1995; 99).
A principios del siglo XXI, la democracia representativa en Argentina (luego de dos décadas de continuidad sin interrupciones dictatoriales) es atravesada por una profusa crisis de orden económico, político, social (y quizás ético) que algunos analistas conciben como una crisis institucional (Cheresky, I.: 2002; Nun, J.: 2003; Alberti, G.: 2003. 

Los partidos políticos en la crisis de representación política

Los partidos políticos son las instituciones políticas representativas por excelencia de la democracia representativa[7].

Desde la segunda mitad del XX los nuevos partidos políticos son definidos como partidos electorales de masas[8]. El desarrollo económico, los avances tecnológico/comunicacionales y principalmente, el auge de los medios masivos de comunicación conduce a que  “los partidos políticos debieron acoplar sus estrategias de acumulación a las nuevas condiciones, que exigían una reducción de la pureza doctrinaria para ampliar la base de apoyo –sin perder mientras tanto el electorado tradicional- y, por lo tanto, la consideración de las opiniones de quienes no formaban parte de la estructura pero podían definir su éxito o fracaso” (Malamud: 1995; 327).  Ahora bien, estos partidos de masas se ven afectados por la crisis de representación de la política.

A partir de la década del ´90 en Argentina (país de tradición bipartidista radicada en dos polos: radicalismo-peronismo) los partidos tradicionales empiezan a sufrir transformaciones. Durante los mandatos de Menem el personalismo llega a su máxima expresión: “Más que el partido como lugar de construcción de la identidad política, es la persona de algún candidato la que consigue un nivel de consenso tal que permite que su partido acceda al poder.” (García Delgado, D.: 1994;110)
Según García Delgado, la democracia liberal instalada en Argentina también da lugar al fenómeno de autonomización de las élites que se vincula fuertemente con los nuevos modos de hacer política. De esta forma, los partidos políticos tienden a una progresiva profesionalización:

“Los expertos que dominan conocimientos especializados desempeñan un papel cada vez más importante cuanto más se corre el centro de gravedad de los miembros afiliados a los electores. Se trata de la financiación de los partidos a través de grupos de interés y donde el electorado se vuelve social y culturalmente más heterogéneo y menos controlable por los partidos a través de la organización
.”(García Delgado, D.: 1994;115)

Otro fenómeno crucial para comprender el lugar de los partidos políticos en la sociedad contemporánea y que puede influir en la definición de una elección es el desarrollo de las internas partidarias. Existe un “(...) fuerte <internismo> de los partidos que aparecen como maquinarias convertidas en un fin en sí mismo (...) las internas desnudan el deseo del poder por el poder mismo, privilegiando la posición relativa de la fracción sobre el cómo y el para qué se gana” (García Delgado, D.: 1994;115)  En este escenario, la clase política pierde prestigio y la política se gana el mote de corrupta; el ciudadano ya no se siente representado sino defraudado.

En líneas generales, la institución de la representación política atraviesa una crisis sin precedentes.  Ello se visualiza no sólo en el desplazamiento de los partidos electorales de masas, en calidad de órganos de representación política esenciales de la democracia electoral, vale decir, como instituciones clave para el funcionamiento adecuado de esta forma de gobierno. Procesos como la fragmentación de la política (propulsada por la Ley de Lemas), la crisis de legitimidad de los gobernantes (y de los candidatos), el protagonismo consolidado de los medios de comunicación en el espacio político actual y en toda la sociedad, el descreimiento de los ciudadanos en la política, entre otros, colaboran en el cambio de rumbo de la representación política.

La crisis de modelo tradicional  y la mediatización de la política
“(...) la democracia audiovisual es la condición de posibilidad
 de la democracia en una sociedad de masas”[9]

El proceso de mediatización de la política[10] ha sido abordado desde diferentes autores, entre ellos, Verón (1998),  Novaro(1995), García Delgado(1994)  y Gilles Achache (1992). Sin duda, la expansión de la lógica mediática al terreno de la política es un fenómeno que incide en la realización de las campañas electorales y en la construcción de figuras y discursos políticos,  dando lugar a  nuevas formas de mediación, como así también a un modelo diferente de comunicación política.
 Las prácticas de campaña ya no se organizan sólo en base a la doctrina y a la calidad de organizaciones “militantes” de los partidos políticos, sino que en la realidad de la comunicación política hoy prevalece el modelo de comercialización[11]. Hay un desplazamiento paulatino de los partidos políticos como organizaciones y la incorporación/participación de los medios masivos de comunicación en la arena política. Consecuentemente, la inauguración de campañas políticas massmediatizadas se conecta -aunque no es determinante- con la decadencia y transformación de los partidos tradicionales en los últimos tiempos y pone de manifiesto que el triunfo electoral no depende sólo de la organización de la militancia o de la presentación de un programa de gobierno, sino también de la construcción de una estrategia discursiva por parte del enunciador político (palabras, slogans, imágenes, etc.)  a partir de una puesta en escena  mediática. Obviamente, esa puesta en escena del político incluye el despliegue de todo un arsenal de recursos retórico-argumentativos y publicitarios.

La forma tradicional de “hacer” política[12] representada, por ejemplo, por el orador en la calle, no se adecua al ritmo impuesto por la nueva sociedad de consumo (antes industrial) y la vieja norma del largo plazo es reemplazada por la lógica del corto plazo, es decir, la lógica comercial promovida por los medios masivos de comunicación. Asistimos a la “mediatización de la política”[13].

El análisis de García Delgado también concibe la idea de conformación de un nuevo modelo de comunicación política: “El modelo militante entra en crisis porque ya no agrega poder. El poder de los funcionarios y representantes ya no deriva de su conexión con la organización y movilización de las bases, sino de su capacidad de gestión, comunicación y obtención de recursos.” (García Delgado, D.: 1994; 195) Sobre el papel de los medios de comunicación en este nuevo modelo el autor explica:

“En la conformación del nuevo régimen representativo se muestra el surgimiento del poder de los medios de comunicación en la conformación de la opinión pública. De una política basada en la movilización de la voluntad popular organizativa y plebiscitaria se pasa a otra de medios, basada en la opinión pública y encuestas, donde los contingentes sociales son más fragmentados y hay una recepción más individual y privada de los mensajes. Los medios aparecen como los reales mediadores entre las demandas de la ciudadanía y el Estado, como un factor creciente de poder que contrapesa las fuerzas de antiguas áreas de solidaridad, organización y tradiciones ideológicas. La mediación política ya no se restringe a la tribuna, los actos, las asambleas o el trabajo militante de base, ni se reproduce en el contacto directo con los electorados. La relación cara a cara desempeña un papel cada vez menor, ya que el político se preocupa más por su vinculación con los medios que por su relación directa con las bases organizadas” (García Delgado, D.: 1994; 88).
  
Por su parte, Novaro (1995) hace referencia a la emergencia de nuevas formas de mediación que se constituyen en el pasaje de la decadencia de la política partidaria al apogeo de la política massmediatizada, lo que puede entenderse como la pugna entre un modelo militante y otro en el que los medios hegemonizan los nuevos sentidos de política. En estos escenarios políticos mediatizados, las estrategias discursivas necesariamente se complejizan: los enunciadores deben adecuarse a la lógica del corto plazo impuesta por los medios de comunicación, principalmente la televisión -y a los requerimientos de su soporte técnico- dando lugar a nuevas formas de mediación de la política.  El autor se refiere a la “incorporación al terreno político de figuras abstractas de representación, canalizadas a través de aparatos muy complejos que a la vez poseen una sugerente transparencia.” (Novaro, M.: 1995, 152)

Los medios de comunicación, fundamentalmente la televisión, no son solo medios para publicitar el discurso de los partidos y de los candidatos, sino que dan lugar a formas de mediación y de producción de imágenes (discursos) en las que “la política se decide y se ejecuta” (Novaro, M.: 1995; 104). En este ámbito massmediático interactúan nuevos actores políticos  -líderes, empresas, grupos de opinión, etc.- que se aprestan a los mecanismos de la  mercadotecnia. Como corolario ineludible, el sistema de partidos pierde gravitación frente a las nuevas formas de videopolítica[14] y de espectacularización[15] . Según Verón, esta situación no excluye a la política sino que, al contrario, “el ingreso de lo político a lo audiovisual enriquece su discursividad” (Verón, E.:1998).

En resumen, la puesta en escena mediática del político pone en juego nuevas formas de mediación, nuevas formas de relacionarse con los medios de comunicación a partir de las cuales debe construir y redefinir sus estrategias comunicacionales. No obstante, el proceso de mediatización de los últimos decenios que involucra a todos los discursos sociales no excluye la relevancia de la dimensión retórica-argumentativa en el discurso político.

El escenario político en Argentina

“La ley de lemas es un sistema electoral que permite que cada partido político o alianza (lema) presente a la vez varios candidatos correspondientes a distintas corrientes internas (sublemas). El sublema que resulte más votado sumará los
 sufragios obtenidos por los demás postulantes de la misma fuerza.
Por ende, el ganador no necesariamente será el postulante que haya cosechado más votos. Con esta modalidad, en un mismo proceso se resuelven las internas partidarias y la elección de autoridades[16]

El escenario político en 2003 -cruzado por  la “carrera electoral”- es uno de los más controvertidos de la época, ya que además de la realización de una elección presidencial, existe la posibilidad de clausurar las preeminencias políticas tradicionales.  Los líderes de las últimas décadas tales como Alfonsín, Menem y De la Rúa comienzan su ocaso; pero también, el destino de un cuarto líder, Duhalde - presidente interino de la Nación en 2003 y respaldo oficial del candidato Kirchner- se imbrica en esta elección.

La posición del Presidente de la Nación respecto de las internas partidarias consiste en su oportuna suspensión desde la realización del Congreso Justicialista de Lanús en febrero de 2003. De esta manera, la próxima jefatura del peronismo quedaría librada a los avatares del 27 de abril. El contexto político se sujeta, entonces, a una elección nacional en la que sólo se destacan cinco de una veintena de fórmulas y a otra elección, una “elección de poder”, en el seno del Partido Justicialista (PJ).

Antes del lanzamiento oficial de la campaña electoral, el PJ impulsa modificaciones a la Ley Electoral y se hace efectiva la aplicación de la Ley de doble voto simultáneo (Ley 10.524, votada en 1991) más conocida como Ley de lemas[17].   Así, Ley mediante, el problema de la interna justicialista sería resuelto en las elecciones generales, hecho que pone en evidencia el fenómeno de fragmentación de la política ( Mustapic, A.: 2005) y, por consiguiente,  la actual redefinición del  sistema de partidos.

Algunas características de la Ley de lemas son:

  • Exceso de la oferta electoral: permite que cada partido puede presentar cuantos candidatos quiera;
  • Posibilidad de sumar los votos de los diferentes sublemas: permite lograr el triunfo de un candidato que haya obtenido apenas el 15 por ciento de los votos, si es que su partido es el que concentra la mayor cantidad de sufragios.
  • Exacerbación de las internas partidarias: si bien permite la “democratización” de la oferta electoral plasmada en el exceso de candidatos, también conduce a exacerbar las internas de los partidos políticos en vez de minimizarlas, razón por la cual algunos analistas (quienes) consideran que se producen efectos negativos sobre la legitimidad y representatividad del sistema.

En función de la implantación de esta Ley, el escenario electoral es tiranizado por la escisión del Partido Justicialista en sus  tres sublemas: Frente para la Victoria representado por la fórmula Kirchner-Scioli, Frente por la Lealtad representado por Menem-Romero y el Movimiento Nacional y Popular encabezado por Adolfo Rodriguez Saá y Melchor Posse (ex-radical). Además de los frentes derivados del PJ, participan también de la contienda los desprendimientos de la Unión Cívica Radical (UCR) – el “otro” partido tradicional  argentino- tales como el Movimiento Federal Recrear representado por López Murphy- Gómez Diez, la Asociación por una República de Iguales (ARI) liderada por Carrió- Gutiérrez, mientras que la UCR como tal fue representada por Moreau-Losada.

Cabe señalar, además, que en este contexto fragmentado y “multi-electoral”, la escena política presenta notables signos de una inminente segunda vuelta electoral o  ballottage[18] siendo la tercera oportunidad en que el país se encuentra ante esta posibilidad. En tales circunstancias, el esquema de elección contempla que el candidato ganador será consagrado presidente en 1º vuelta si supera el 45 por ciento de los votos o  en el caso de que obtenga entre el 40 y el 45 por ciento de los votos, pero con una diferencia de más de diez puntos porcentuales sobre el segundo. De lo contrario, se realizará un ballotage entre los dos candidatos más votados.

Sobre el Partido Justicialista

Es posible situar el nacimiento del PJ a mediados de los ‘40 cuando se lleva a cabo un movimiento nacional- popular de base social policlasista nunca antes visto y que, más tarde, llega a consolidarse como una organización partidaria. El Justicialismo ha constituido uno de los movimientos populistas más destacados de América Latina, de la mano de su propulsor, el Gral. Juan Domingo Perón quien supo construir poder junto a  “su compañera”, Evita.

Aunque algunas teorías señalan que el PJ es un partido movimientista (Malamud, 2005; Alberti, 2003) emerge como el gran partido de masas del siglo XX de la Argentina. Algunos de los rasgos primigenios del peronismo son: espectro ideológico indefinido, estilo verticalista, monopolio de los medios de comunicación social, relación conflictiva con la Iglesia, culto al líder omnisciente, alianza con la masa trabajadora a partir del tono obrerista de su discurso y de los exabruptos verbales. Si bien en los comienzos el movimiento adhiere a cierto “formalismo democrático” las connotaciones autoritarias derivadas del culto al caudillo marcan toda una época. (Ferla, S.: 1885)

Sin duda, la noción de justicia social ha definido la esencia del Partido Justicialista durante todos los tiempos[19], y ha sido la bandera política para más de un candidato. La justicia social constituye un “imperativo ético” y un “imperativo económico” ya que es un requisito para la convivencia pacífica y también para el desarrollo industrial a través del mercado y el consumo, por lo cual sólo puede ser posible con una alta participación de los asalariados en la distribución del ingreso. (Ferla, S.: 1885, 267)  En los diez años de su primer gobierno (1945-1955) Perón hizo de la consigna de la justicia social el núcleo de la nueva cultura política en la que su modelo se ubicaba en una “tercera posición”, entre el capitalismo salvaje y el comunismo[20].

Mirada retrospectiva: 1955, proscripción y exilio; 1972, “Perón Vuelve”;  1974, muerte; 1976, Proceso de Reorganización Nacional; 1983, vuelta a la democracia; 1989, Menem... El partido sufre una transformación durante los 10 años de gobierno de Carlos Menem (1989-1999), ya que  la política se orienta a la ortodoxia neoliberal, a partir de la auto-proclamación menemista de la herencia del ideario peronista tradicional. Al respecto, explica Paula Canelo:

“Por primera vez en la historia argentina, el gobierno de Carlos Menem logró compatibilizar la implementación de vastas reformas estructurales que conllevaban un alto costo social, con estabilidad del sistema político e indiscutible legitimidad democrática. Y la particular « base social» que sustentó esta novedosa experiencia estuvo conformada, fundamentalmente, por los sectores populares (de arraigada tradición peronista) y por los sectores de más altos recursos (históricamente alineados tras un visceral antiperonismo).”   (Canelo, P.: 2005; 1)

Habitualmente se sostiene que el <<éxito>> del menemismo se basa en su capacidad de articular una contradictoria  <<agregación de consensos>>, en acumular grupos sociales cuyos intereses (al menos a simple vista) resultaban antagónicos. ( Canelo, P.: 2005; 2) Paralelamente, se consolida el “aparato” duhaldista en la provincia de Buenos Aires y se establece la división del partido entre menemistas y duhaldistas. Este último sector, representado por el PJ bonaerense, devenido oficial en 2003 (dado el gobierno interino de Duhalde desde 2001 ante la renuncia de De la Rúa) es el que apoya la candidatura de Kirchner a la Presidencia.

En los albores del nuevo siglo, quedan pocos rastros de aquel movimiento de masas. El Justicialismo es uno de los partidos tradicionales que no escapa a la crisis de representación de la política contemporánea: los acontecimientos previos a la elección 2003, la suspensión de “las internas” y los nuevo frentes son sólo una muestra de la fragmentación de la política a la que asiste. Este panorama de quiebre partidario se manifiesta en el lanzamiento a nivel nacional de una nueva figura, el candidato Néstor Kirchner; mientras que el ex -presidente Carlos Menem busca nuevas figuras para reafirmar su “poder”.

Sobre el electorado

La elección 2003 pone al descubierto cierta transformación en la conformación del electorado y en la concurrencia a las urnas, en relación a las elecciones anteriores, como es de esperar cuando la Ley de Lemas da los “puntapiés” electorales. Sin embargo, además de la ocurrencia de fenómenos como la fragmentación del electorado es posible que se instalen procesos que acentúen los liderazgos políticos. Por un lado, en un país tradicionalmente bipartidista, “el escenario de cinco candidatos –tres de ellos del PJ y los dos restantes de la UCR– que evitaban invocar su pertenencia partidaria, ratifica la acentuación del proceso de progresiva preponderancia de los liderazgos por sobre los aparatos partidarios” (Rocca Rivarola, M: 2005).

Por otro lado, a pesar de la fragmentación del electorado argentino el 27 de abril hay un manifiesto vuelco hacia las urnas (bautizado “urnazo” por los medios de comunicación) mediante “un voto táctico, menos ideológico y más pesado” (Clarín: 28/04/2003, p.12). Un dato concreto producto de esta elección es la concurrencia a votar del 80 por ciento del padrón, según fuentes oficiales[21]. Esto quiere decir que se instala la noción de un “voto útil” que coloca la decisión del destino del país en un sector independiente del electorado que mira de soslayo las preferencias ideológicas. La concurrencia a las urnas expresa una paradoja:  “tras el derrumbe, el país parece haber recuperado la confianza en el instrumento básico de la democracia.” (Clarín, 28/04/03)

Además, un rasgo específico de la elección 2003 -que condiciona la labor de las consultoras hacia el 27 de abril- es que se carecen de antecedentes en Argentina que permitan conocer la tendencia del electorado y evaluar su comportamiento frente a una segunda vuelta. En este sentido, las consultoras y expertos en análisis de opinión pública son cuidadosos en arriesgar nombres ya que dos semanas antes de la primera vuelta, el panorama electoral se define aún como de “alta volatilidad” (CI: 15). En este escenario, los encuestadores habían anticipado un “aumento de la responsabilidad del electorado” aunque no un aumento del interés por la política en los electores[22].

Dos semanas previas al 27 de abril, la campaña entra en un sacudón mediático y vaticinios dispares arrojan a las fórmulas Kirchner-Scioli y Menem-Romero como las que poseen más chances de entrar al ballottage. El 27 de abril se constituye en el pasaje tan esperado. En la nota que mencionamos a continuación se advierte el peso político que adquiere la interna justicialista:

“La interna peronista se reprodujo en la elección y la segunda vuelta pone aún más en el centro de la cuestión política al peronismo. El ex -presidente y el gobernador de Santa Cruz, apenas separados por un escaso margen de votos,  encarnarán en la segunda vuelta electoral una pelea política en la que apenas se disimula la tensión Menem- Duhalde, la confrontación interna básica del peronismo que replicó en toda la política argentina, desde la primera mitad de los 90”.  (Clarín, 28/04/03, Pág.2)

La no concreción de la interna peronista fue el tema de fondo de la elección. Una primera lectura del acto eleccionario del 27 de abril le da el triunfo a Menem, ya que obtiene el 23,9 contra el 21,8 por ciento de Kirchner[23].


Continúa

 
Referencias

3. Dominique Wolton, en La Comunicación Política: construcción de un modelo, 1992, p. 25. [Volver]

4. Consultar:  www.ciudadpolítica.com.ar [Volver]

5. Por sólo mencionar algunos, en el Instituto de Investigaciones Gino Germani de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA) hay diversas Áreas, Programas y Proyectos de Investigación. Entre ellos, se vincula al campo de la Comunicación Política el Área de Teoría Política (Isidoro Cheresky, Juan Carlos Portantiero, Mario Sidicaro y Julio Pinto) www.uba.edu.ar  En la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) se encuentra el Programa de Investigación de Comunicación y Política dirigido por Martín Cortés y co-dirigido por Gabriel Negri. Ver  www.unlp.edu.ar [Volver]

6. Uno de los líderes representativos de la últimas décadas del siglo XX es el expresidente y nuevamente candidato en 2003, Carlos Menem, quien sostiene el liderazgo en sus dos mandatos (1989-1994 y 1994-99) a través de una “política del éxito” y de “resultados concretos”(Novaro, M.: 1995; 108) [Volver]

7. El origen de los partidos políticos se remite a los siglos XVIII y XIX en condiciones históricas favorables para la evolución de la democracia. El incremento de la participación política profundizado por la urbanización y masificación de las sociedades y la consiguiente expansión territorial de los Estados son fenómenos que requirieron de una institución básica para las sociedades modernas: la representación política. Esta institución es un “(...) mecanismo a través del cual la deliberación pública y las decisiones de gobierno se trasladan desde el titular de la soberanía democrática (el pueblo) hacia quienes aparecen ahora como los agentes de aquel soberano (los representantes)” (Malamud, A.: 1995;137). Nos referimos a la democracia moderna o representativa en la que el gobierno se establece a partir de un sistema de partidos .
Existe una tipología histórica de los partidos políticos (Malamud, A.:1995; 327) que permite diferenciar los partidos de representación individual,  los partidos de representación de masas (o de aparatos) y los partidos electorales de masas. Los dos primeros tipos coexistieron, pero dada la progresiva transformación de un tipo hacia otro producida entre 1890 y 1920 deben comenzar a canalizar la participación de las masas incorporadas a la arena electoral a partir de la ampliación del sufragio. En esa época, métodos novedosos de acción política como el uso de la imprenta para el adoctrinamiento de las masas trabajadoras son utilizados por los partidos de izquierda y aparece una figura política novedosa: el militante. También, la disciplina de bloque en el Parlamento es un elemento trascendente de esta etapa de la organización partidaria. [Volver]


8. A pesar de la universalidad constitutiva de los partidos políticos como actores institucionales (Malamud: 1995; 317), cada país presenta su particularidad respecto al modo en que se organiza el sistema de partidos, de acuerdo a las “líneas de división social, sistemas electorales y tipo de régimen político”. Así, en las sociedades occidentales históricamente la línea de división típica se organizó entre izquierda y derecha, principalmente en Europa. [Volver]


9. Dominique Wolton, en La comunicación política: construcción de un modelo, 1992. [Volver]

10. Nos interesa mencionar este proceso en tanto contribuye a comprender el contexto histórico en el que se desarrollan las campañas políticas mediatizadas; pero es claro que el proceso de mediatización per se  no explica la crisis de legitimidad ni de la política ni de los partidos tradicionales. Debiera recurrirse a un análisis de la historia política argentina y de fenómenos que no son  objeto de este trabajo final. [Volver]

11. Según Gilles Achache hay tres modelos de comunicación política: el modelo dialógico basado en la razón  como “facultad comunicacional” del político para esgrimir argumentos y convencer, el modelo propagandista que concibe a la ideología como objeto del discurso político y se basa en la creencia y el modelo de comercialización en el que el político “se vende”  con recurso a la mercadotécnica. Si bien éstos modelos pueden llegar a coexistir el último es el que predomina en la actualidad. Gilles Achache, El marketing político, 1992. [Volver]

12. Los modelos  dialógico y  de propaganda responden a formas tradicionales de “hacer” política. Para una ampliación de este punto  ver Guilles Achache, El Marketing Político,1992. [Volver]

13. Según Verón, la mediatización de la  política tiene  lugar en Francia a principios de los 80 con la TV como principal medio de comunicación y en Argentina con la vuelta de la democracia en 1983. Coincide, además, con la expansión del campo de la Comunicación Política.( Verón, E.: 1998; 228) [Volver]

14. Resulta destacable la producción de una terminología específica por parte de los investigadores para referirse a este tipo de fenómenos político/comunicacionales: democracia audiovisual (Verón, Wolton), mediatización de lo político (Verón), videopolítica (Sartori) y espectacularización de la política (García Canclini). [Volver]

15. Para una ampliación de este tema ver: Nestor García Canclini “La espectacularización de la política en Culturas Híbridas.[Volver]

16. Irina Hauser,  http://www.pagina12.com.ar/2001/01-12/01-12-23/pag07.htm. El subrayado es nuestro. [Volver]

17. Algunos analistas políticos de actualidad han cuestionado la constitucionalidad de esta Ley. Como se observa en el siguiente fragmento de una nota de opinión de Enrique Zuleta Puceiro que grafica la divergencia de opiniones instaladas sobre el tema: “La pretensión de implantación nacional del sistema no sólo contraviene el espíritu y la letra de la Constitución de 1994. Por sobre todo, implica el intento por parte de una fuerza política, incapacitada de resolver sus propios conflictos internos, de imponer al resto de los partidos un sistema electoral pensado en su exclusivo beneficio. El intento pretende pasar por alto el sistema de mayorías calificadas que la Constitución impone a todo proyecto de reforma electoral y golpea las expectativas de una política de consensos nacionales como la que el país exige ante una crisis institucional sin precedentes (...) Allí donde ha imperado, la ley de lemas ha centrifugado la vida interna de los partidos, y reduciéndolos a meros rótulos –lemas– concentradores de candidaturas –sublemas– irreconciliables entre sí.”  (Diario Página 12, febrero de 2003) [Volver]

18. El mecanismo de primera y segunda vuelta es introducido en el sistema electoral argentino con la reforma de la Constitución aprobada en 1994 durante el primer mandato de Menem (Clarín, 15 de marzo de 2003). Pero se aplica en casi todos los países de América Latina desde la década del ochenta. El método se ha vuelto muy popular, pero se diferencia del modelo europeo, pues se trata de sistemas presidencialistas y el ballottage se aplica sólo a la elección del presidencial y no así a la elección del parlamento. Según Fernando Tuesta Soldevilla “La idea que impera en nuestra región, es dotar a la presidencia de un incuestionable respaldo mayoritario” (2005) en Observatorioelectoral.org. [Volver]

19. Para una ampliación de este tema ver Sidicaro, Ricardo Los tres peronismos, Bs. As., Siglo XXI Editores, 2003.  [Volver]

20. Para un ampliación de este tema consultar María Seoane. Tiempos del Estado protector, la justicia social y la censura. Suplemento especial: Juan Domingo Perón. El hombre que marcó el siglo XX. Clarín. 2004. [Volver]

21. En las elecciones legislativas de 2001, el electorado argentino se manifiesta con un voto “castigo” o “bronca” que presagia la crisis a partir de la caída del Gobierno de Fernando De la Rúa. [Volver]


22. Opinión sostenida por la analista Analía del Franco, “A dos voces”, TN, 24 de abril de 2003. [Volver]


23. Estos resultados corresponden al  67.6% del total de un padrón de 25.478.389, cuando recién se habían escrutado 17.228.307 votos en 67.094 mesas. Clarín, 28 de abril de 2003, p.12. [Volver]
 
Volver a la tabla de contenido
© 2007 Sociedad Argentina de Información